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—¡Ah! ¡Estás ahí! ¿Dónde te habías metido? Aquí te dejo la ropa. Date prisa. Tienes cinco minutos.

El viaje había sido largo. Estábamos algo cansados, pero con ganas de enredar en los entresijos de los programas de televisión de la época. No en vano, nos habíamos planteado aprovechar nuestra estancia en Madrid con diversas visitas a medios de comunicación. Damián había conseguido invitaciones como público para asisitir a la grabación de un programa de sábado noche —ni siquiera recuerdo el nombre—, en los estudios que TVE tenía en Prado del Rey. Y allí estábamos nosotros, tres jovenzuelos de 20 años, en Madrid, en la década de los 80.

¡Joder! Me estoy meando, pensaba yo. Nada, ni pensar en moverse. Había que estar quietos y en silencio. Carlos Herrera y Bibí Andersen, en el plató, grabando las entradas de los números musicales. Estaba Leonard Bernstein, interpretando sus composiciones famosas. Joder, me meo. No aguanto más. Llega la orden de la cla y aplaudimos. Breve descanso hasta el próximo número. Damián, me voy a mear, tío, no aguanto más.

Salgo del plató y ¡oh, sorpresa!: aquello es un laberinto. Pasillos desconchados de naves industriales me hacen reparar en que acabo de salir de una burbuja. La gente camina deprisa, nadie me ve, nadie me ofrece la más mínima oportunidad de preguntar ¿el baño, por favor? Me siento como Alicia en el País de las Maravillas. Una puerta. Entro. No hay nadie. No es un baño, se trata de un camerino y tiene un mínimo servicio. Buff, es mi salvación. Meo como se mea a los 20 años, con esa sensación de que todas las penurias abandonan tu cuerpo de forma líquida y ordenada. La sensación de alivio la conocéis porque todos los que leéis habéis meado alguna vez de esa forma, in extremis. No se concibe el mundo de otra manera.

Ya aliviado, me entretengo brevemente frente al espejo, atusando… ya sabéis, ese pelo que todos teníamos a los 20 años. Oigo ruido y la puerta que se abre a mis espaldas. Hay una intuición que me obliga a quedarme quieto frente al espejo, a actuar con naturalidad. Y funciona. Oigo una voz que dice:

—¡Ah! ¡Estás ahí! ¿Dónde te habías metido? Aquí te dejo la ropa. Date prisa. Tienes cinco minutos.

Me doy la vuelta y, efectivamente, ahí estaba la ropa. Malla superior ceñida, manga larga y estrecha, lentejuelas plateadas por doquier y, por supuesto, pantalones acampanados, bien ajustadillos en el septentrión. Entonces lo vi claro: faltaba la actuación del ballet de Giorgio Aresu, alguien no había aparecido y la plaza vacante me estaba diciendo: ocúpame, ocúpame. ¿Qué tenía que hacer? ¡No sabía la coreografía! El tiempo apremia, solo faltan cinco minutos, cuatro tal vez. Nadie lo va a comprobar. Tendré que ponerme atrás e imitar lo que hacen los demás. Tal vez sean diez o quince bailarines. No se notará. O, ¿quién sabe?, puede que mi falta de sincronía me convierta en el bailarín principal. Puedo ir por libre. Obedecer solo a la música. Pero luego está la cuestión de la elasticidad y las cabriolas. Estos tíos… No, yo no estoy entrenado. Sí, se va a notar mucho. Seguro que paran la grabación y me echan una bronca. Joder, si fuera en directo… Épico, si fuera en directo, iba a ser épico.

Venga, joder, Javi, ¿dónde te habías metido? Va a empezar lo de Giorgio Aresu. No encontraba el baño, respondí. Y ahí estaban ellos, comenzando a ocupar sus posiciones en el plató, mis compañeros, a las órdenes de Giorgio Aresu, a quien casi conocí ese día. Han pasado unos treinta años. En aquella época yo aún no tenía conocimiento de las realidades paralelas o de la física cuántica. Ni siquiera se hablaba de eso. Pero siempre tuve la sensación de que en aquel momento de los años 80, en Madrid, yo, mi otro yo, esa pegajosa otredad que siempre nos acompaña, sí que hizo lo que yo no hice. En esa realidad paralela vive otra persona que sí que conoció ese día a Giorgio Aresu, para bien o para mal. Tal vez sea bailarín o aparezca en el zapin haciendo el ridículo. No sé, desde luego no soy yo. O quizá sí. Las bifurcaciones no nos dividen, nos multiplican. Nos hacen eternos. Siempre diferentes, pero eternos. Siempre… que viene  a ser sinónimo conceptual de nunca. Bueno, eso forma ya parte de otra historia, de una historia que nunca ocurrió, pero que, aun así, algún día os contaré.

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