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En los tiempos en los que el periodismo era de papel, las informaciones eran más sólidas —valga la paradoja—. En aquella época, que en términos periodísticos sí que fue mejor, tras la inmediatez informativa de los medios rápidos, como la radio y la televisión, llegaba el sosiego, el análisis profundo, la meticulosidad y el rigor en un sólido envoltorio de papel. Parece que las nuevas tecnologías de la comunicación y en especial las redes sociales —que son una trampa mortal para el periodismo serio— constituyen una caótico sembrado en el que el rigor deja paso a la especulación, la información al rumor y la meticulosidad al bardalismo.

2016-01-08 22.05.52

En el ejemplo que analizamos —y hago hincapié en que es solo un ejemplo porque, lamentablemente, abundan— nos encontramos con un titular que reza: «Trump dice que París está en Alemania». Puesto que el entrecomillado es mío, la afirmación es del periódico El País, ni siquiera hay un redactor que se atribuya el dislate. Después, en el cuerpo de la noticia, en el que se debería justificar el titular, aparece un tuit entrecomillado que había sido escrito en la cuenta de Donald Trump: «Disparan a un hombre dentro de una comisaría en París. Acaban de anunciar que la amenaza antiterrorista está al más alto nivel. Alemania es un desastre total en el crimen masivo. Sed listos». Eso es todo. Yo no sé si Donald Trump sabe o no sabe dónde está París. Lo que sí sé, y de ello no tengo duda alguna, es que de su tuit no se puede deducir  que no lo sepa. Habla de París, habla de Alemania, habla, en general, de la situación en Europa, pero… ¡de ahí a titular que dice que París está en Alemania! Eso es mentir. Y si no fuera por lo improbable del asunto, se diría que el autor de la información tiene algún tipo de interés en que Trump aparezca ante las masas como un inculto redomado. Y lo consigue, en primer lugar porque el tuit original ya fue interpretado con poco tino por otros muchos ciudadanos que pensaban que el hecho de que las palabras París y Alemania aparezcan  en el mismo mensaje implica una relación de pertenencia; y en segundo lugar porque las reacciones de cientos de lectores tras acercarse al titular de El País fueron de un tenor parecido. Me preocupa llegar a esta conclusión, pero a veces me da por pensar que es mucha la gente que no sabe leer de una forma comprensiva, que simplemente decodifica e interpreta mal lo que lee.

Creo que no es necesario explicar que el rigor no funciona de manera democrática. Si mucha gente dice, a raíz del tuit, que Trump no sabe dónde está París ¿tenemos que aceptar que es así aunque así no sea? Evidentemente, no. Si la mayoría de las personas creen que el Sol gira alrededor de la Tierra… simplemente ¡están equivocadas! Los Reyes Católicos seguirán siendo Isabel y Fernando por mucho que la gente crea —es un suponer— que son Felipe y Letizia. Y la capital de Estados Unidos seguirá siendo Washington por mucho que alguna gente crea —probablemente muchos de los que se ríen de la supuesta incultura geográfica de Trump— que es Nueva York.

Hubo un tiempo en el que El País fue un medio respetado. Tal vez hoy siga publicando en papel informaciones y artículos dignos de ser salvados de la quema de la mediocridad y la falta de rigor que abundan en las redes sociales. Tal vez el problema —por qué no— sea de los que seguimos prefiriendo la lectura profunda a la superficial, la verdad a las ventas, el análisis profundo al epidérmico maquillaje de la realidad. Y esto —no se equivoquen— no es estar a la que salta, sino fruto de un desesperado y constante transitar por unas redes sociales que maltratan el lenguaje, el pensamiento, el sentido común y el periodismo. Ahora bien, en mi defensa diré que siempre pensé que los exabruptos tuiteros eran cosucas de chiquilicuatres, que la gente escribe mal por desidia o por gracia, que todos hablan, pero nadie escucha… Nunca pensé que los medios considerados serios iban a caer en esta maldita trampa, agujero negro de una profesión digna —cuando es bien ejercida, como todas— como es el periodismo.

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