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La actualidad vuelve a poner encima de la mesa el debate acerca de la conveniencia o no de modificar nuestro horario y ajustarlo al Meridiano de Greenwich (GMT) en sustitución del que usamos ahora, el del Europa Central (CET). Lo cierto es que, desde el punto de vista natural, la sincronía con Londres y con Lisboa estaría más acorde con nuestra situación geográfica que la que tenemos ahora con París o Berlín. Ahora bien, de nada serviría cambiar el huso horario si no cambiamos la costumbre. Es más, yo diría que el debate sobre el cambio de horario resulta irrelevante si no tenemos en cuenta nuestra capacidad para racionalizarlo.

Si yo, en estos momentos, pretendo tener la misma hora que Londres y Lisboa, también tengo que saber cuáles son las nuevas cosas que van en cada momento del día. O, dicho de otro modo, tendremos que seguir haciendo las mismas cosas que hacemos ahora en los mismos momentos del día, pero no a las mismas horas de reloj porque, en caso contrario, lo único que lograríamos sería retrasarlo todo una hora. Por ejemplo, vale que a las 8.30 nuestras sean las 7.30 nuevas, según Greenwich. Pero eso no ha de servir para estar una hora más en la cama. Si el horario de un instituto es de 8.30 a 14.30, con el nuevo horario tendría que ser de 7.30 a 13.30. Esto nos permitiría comer a las 14.00 y no a las 15.00 como ahora. No perdamos de vista que quien ahora come a las 15.00, con el nuevo horario comerá en el mismo momento, a las 14.00. Subrayo: no a la misma hora, pero sí en el mismo momento. Si uno se levanta a las 7.00 para ir a trabajar, tendrá que levantarse a las 6.00 lo que nos obligará a acostarnos a una hora mucho más racional. Por otro lado, si mi hija tiene una extraescolar de música que finaliza a las 21.30 es lógico suponer que habrá que cambiar la costumbre para que finalice a las 20.30, que seguirían siendo las antiguas –entiéndase las actuales– 21.30. Mantener los horarios después de cambiar la referencia del meridiano es una barbaridad: significaría que mi hija saldría de música a una hora que equivaldría las 22.30 actuales.

Horario

Dependería, por supuesto, de cada trabajo, pero desayunar a eso de las 6.30 nos obligaría a no desplazar la comida más allá de las 13.00 o las 14.00. También comenzarían antes las actividades vespertinas y, como es lógico, cenaríamos pronto, según la costumbre europea. Esta nueva organización, que depende más de la costumbre que del huso, nos acercaría a toda Europa, a quienes compartan nuestro horario y también a quienes no lo compartan.

Por otro lado, cambiar el huso para que la costumbre continúe igual es una tentación muy española. De ahí que uno sienta la necesidad de escribir cosas tan obvias como las que aquí se han dicho. Si usted ahora llega a casa, pongamos a las 21.00, con el GMT estaría llegando a las 22.00, en caso de mantener las mismas costumbre horarias que hasta ahora. Sí, tendría una hora más para dormir, pero esa no es la solución: sería lo mismo que entrar tres horas más tarde al trabajo y llegar a casa a la una de la madrugada.

¿Creen ustedes que nos costaría adaptarnos a las nuevas costumbres? Poco o nada. Es decir, lo mismo que tardamos cuando viajamos y tenemos que atenernos a las horas del desayuno en los hoteles o a los horarios de apertura de los restaurantes. Ni siquiera digo que esta opción sea la mejor, lo que sí tengo muy claro es que cualquier cambio de huso de nada serviría si no llega acompañado de un cambio en las costumbres. Dicho de otro modo: para seguir igual, mejor nos quedamos como estamos.

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