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Los portugueses exhiben un respeto dulce por su lengua. Digo dulce porque presentan una adhesión natural a la ortografía de su idioma, no aparentan sufrimiento, desidia ni menosprecio. Y no hablo de documentos oficiales ni de registros cultos, estamos hablando de los ciudadanos portugueses: panadero, fontanero, dependiente, operario, diseñador… Es muy difícil encontrar faltas de ortografía en las señales de tráfico, la rotulación de las furgonetas, los afiches de los bares, los carteles de las tiendas, las pizarras de los restaurantes, etc. La lengua es del pueblo, pertenece al pueblo; es el pueblo quien la usa y la respeta porque saben que cualquier ataque o desprecio a su lengua es literalmente un ataque a ellos mismos, que son sus dueños, sus usuarios y sus beneficiarios.

No es que la ortografía portuguesa sea fácil. Ellos, por ejemplo, tienen varios acentos gráficos: el agudo (´), el grave (`), el circunflejo (^) y la tilde nasal (~). Pero los conocen, los usan, los respetan. No porque sea más fácil de escribir, veremos en una panadería la palabra pao en vez de pão. El albañil, cuando rotula su furgoneta, sabe perfectamente dónde van las tildes. El diseñador de publicidad sabe —¿cómo podría ser de otra manera?— de ortografía. Lo mismo que los que rotulan en las televisiones. La ortografía y el respeto por la lengua, en Portugal, forman parte del sentido común.

Es probable que todo esto tenga que ver con el hecho de que los portugueses sean considerados como un pueblo culto, educado, respetuoso… No lo sé. Lo que sí sé, porque salta a la vista, es que respetan su lengua, respetan su ortografía. Esa sensación de alfileres en los ojos, que sentimos algunos de los que en España somos llamados —no pocas veces con desprecio— puristas, es generalizada en la población portuguesa. Digamos que escribir bien es lo normal y luego, por supuesto, hay excepciones.

Era solo un desahogo. Podríamos llamarlo envidia ortográfica.

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