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Primeros pinitos en la radio.

Primeros pinitos en la radio.

Antonio Carreró Rodríguez, hijo de Juan Antonio y de María, nació el 5 de diciembre de 1931 en Santander y falleció el 17 de noviembre de 2014 en Camargo. Mala época para nacer, si tenemos en cuenta que con cinco años de edad le estalló en las narices una guerra civil para la que nadie estaba preparado. Nos contaba de pequeños cómo tenía que apañárselas para llevarse cualquier residuo callejero a la boca y cómo desarrolló una especie de forzada preferencia por las cáscaras de plátano. Poco después vio cómo su padre era fusilado por Franco, simplemente por pensar de forma diferente —no era político, ni miliciano, solo tenía ideas republicanas—, tres días antes de que llegara un ansiado papel cuya palabra protagonista era indulto. Años más tarde fallecía su madre, también por culpa de Franco, envuelta en una soledad sórdida y asfixiante que aparece perfectamente reflejada en una novela de Ángeles Caso titulada Un largo silencio. En ese intervalo también vio como su hermano pequeño, Rafael, fallecía innecesariamente por falta de atención médica que le permitiese combatir una enfermedad que había contraído. Era una época maldita en la que los servicios médicos se presentaban como un lujo reservado exclusivamente para los vencedores.

Seminario y años de docencia

Viuda, con un hijo mayor y otro fallecido, mi abuela decidió que lo mejor que podía hacer por salvarle la vida a su hijo Antonio era ingresarlo en un seminario y que se convirtiese en un cura, de los buenos, de esos que no pasan hambre ni frío. Y así comenzó el periplo religioso de mi padre, en el Seminario de Corbán, completando estudios de Teología, Filosofía y Letras en Salamanca, estancias en Francia enseñando español, docencia posterior de Lengua, Literatura, Latín y Francés en el Colegio Hispano de Muriedas… hasta que cayó en los brazos de una alumna, la que hoy es mi madre, sin cuya intervención no existiríamos ninguno de sus cuatro hijos.

Seminario

En el centro de la imagen, junto con otros compañeros del Seminario de Corbán.

Sirvan, en cualquier caso, estas breves pinceladas biográficas para llegar a la esencia de lo que me interesa remarcar: su faceta profesional. Es necesario entender cómo llega al periodismo una persona muchos años antes de que existiera la carrera. En el caso de mi padre fue, después de años de docencia, a través del cuadro de actores del que la mayoría de las emisoras disponían y al que mi padre accedió gracias a su afición dramática que desahogaba en montajes teatrales con sus alumnos. De esa forma, Antonio Carreró llegó al periodismo radiofónico y a él consagró toda su vida profesional.

Nota aparecida en el periódico sobre el programa La, la, la.

Nota aparecida en el periódico sobre el programa La, la, la y su popularidad.

La, la, la | La cigarra del verano |Amigos

Mantuvo en la antena de Radio Cantabria, durante muchísimos años, el programa La, La, La, en homenaje al triunfo eurovisivo de Massiel en el 68, La cigarra del verano en los meses estivales y ya en la etapa final, bajo el nombre de Radiocadena Española, el programa Amigos. Su faceta musical le prodigó amistades como las de Daniel Velázquez, Víctor Manuel o Mariní Callejo (teclista de Mari Trini), que se convirtieron en padrinos y madrina de dos de mis hermanos.

En los estudios de Radio Cantabria. Los programas musicales recibían miles de cartas.

En los estudios de Radio Cantabria. Los programas musicales recibían miles de cartas.

Los deportes: su relación con el Rácing

Su otra pasión radiofónica fueron los deportes, especialmente tres: el fútbol —el Rácing, por qué no decirlo—, el ciclismo y el balonmano. Antonio Carreró fue una de las primeras voces radiofónicas del racinguismo. En primera instancia, realizaba las conexiones en una especie de carrusel nacional de la época para, más adelante, pasar a retransmitir íntegramente todos los partidos del Rácing, acompañando al equipo por toda la geografía nacional. Recuerdo haber estado con él en el Vicente Calderón un día triste de primavera del 83, cuando el Rácing consumó su descenso a 2ª después de perder contra los colchoneros de Hugo Sánchez, del que Tuto Sañudo contaría más tarde —se las tuvieron tiesas— que se mordía los labios para hacerse sangrar y provocar así la expulsión del central racinguista. En fin… el Rácing estuvo salvado, comenzó adelantándose, pero acabó perdiendo 3-1. Solo estuve en el Calderón dos veces: una para ver ese descenso y otra, años después, para ver el ascenso (Learning To Fly) de Pink Floyd. Paradojas del destino, ese año el Rácing descendió después de haber ganado al Barça en el Camp Nou 0-2, con goles de Verón.

Antorcha y el Trofeo Chisco

Mantuvo durante muchos años en antena la revista deportiva Antorcha, que se emitía, si mal no recuerdo, todos los días de 14:00 a 15:00 y que incorporaba los martes la edición semanal de un prestigioso trofeo deportivo creado por mi padre: el Trofeo Chisco. Yo era un asistente asiduo a las grabaciones en las que un invitado analizaba el último partido y acababa repartiendo los puntos (3, 2 y 1) a diferentes jugadores del equipo. No era de extrañar que muchos de los ganadores de este trofeo fuesen defensas pues una de las señas de identidad del mismo era el pundonor.

Yo, que iba a menudo con él a los antiguos Campos de Sport de El Sardinero, lo acompañaba y ayudaba en aquella cabina metálica, de color, verde, fría y húmeda, rodeado de un señorial olor a puro. Hacía poco había comenzado mi emancipación futbolística y empezaba a irme a la grada juvenil (Norte), bajo el marcador simultáneo de madera, donde vimos el ascenso del Rácing en el 81, frente al Levante. Recuerdo que, un año antes, cuando el torneo de verano había comenzado a coger empaque, mi padre comentó que debíamos organizarnos mi hermano y yo porque no podíamos ir todos a la cabina. Jugaban el Rácing, el Levski Spartak, la Real Sociedad y el Flamengo. Le tocaba elegir a él, a mi hermano… y eligió el Rácing, que jugaba contra el Levski. Yo esbocé media sonrisa y mi padre me miró: ¡Tú quieres ver a Zico! Sí, yo vi a Zico, con mi padre, en El Sardinero.

Años antes, cuando aún era un crío que empezaba a asistir a los partidos con regularidad, en la época de Santamaría, Camus, Díaz, Geñupi, Zuviría, Aitor Aguirre, etc., mi padre me preguntó si yo creía que Santamaría era buen portero. Yo le respondí: «el mejor». Y me dijo: «pues imagínate cómo será de bueno el nuevo que llega». Era un tal Damas, otro portugués más, como Quinito.

Siguiendo al Rácing por toda España

No es fácil de olvidar tampoco cómo mi padre era una voz más en las multitudinarias y extensas comidas familiares que celebrábamos muchos domingos. Cuando el Rácing jugaba fuera, mi padre, que no asistía a la comida por razones obvias, sonaba con su voz en los altavoces del restaurante mientras narraba las vicisitudes del encuentro del Rácing. Hace poco, contaba Ángel González Ucelay en la radio cómo mi padre sentía las derrotas del Rácing y regresaba triste y ensimismado, algo que González Ucelay recuerda especialmente en un partido en el que los verdiblancos salieron derrotados de La Romareda zaragocista por un contundente 7-2.

Era una persona exageradamente puntual y precavida. Si el Rácing jugaba en Bilbao a las 17.00, ahí los veías a él y a Gervasio Portilla —que en este particular estaban cortados por el mismo paño—quedar a las 9.00 de la mañana para ir con calma. Si yo quería ir al Sardinero, en los partidos de casa, que solían ser también a las cinco, me decía: «a las dos y media en Lejardi», que era el bar de Maliaño donde echaba la partida. Y allá nos íbamos, a las tres en el campo. Bien es verdad que había que probar línea, instalar aparatos, etc. y no todo salía siempre a pedir de boca. Eso sí, para irnos… los últimos. Muchas tardes de domingo me las pasé en el antiguo túnel de vestuarios —aquello sí que era un túnel— de la esquina suroeste, viendo desfilar a mis ídolos del momento envueltos en una fragancia extraña fruto de la mezcla de humedad, réflex y tabaco de algunos periodistas.

Cuando salía la conversación del controvertido ascenso a 2ª del Rácing en Getafe, mi padre miraba para otro lado como dando a entender que sabía más de lo que le gustaría, tal vez lo mismo que todos sospechábamos y que a muchos nos avergonzaba; o que sospechaba seriamente lo que casi todo el mundo daba por cierto.

Antonio Carreró, Víctor Manuel y Mª. Luz Palazuelos.

Antonio Carreró, Víctor Manuel y Mª. Luz Palazuelos.

Las tertulias de San Siro y otros menesteres

Mi padre era, además, un asiduo a las tertulias de San Siro (cafetería que se ubicaba en la calle Lealtad, justo debajo de las instalaciones de Radio Cantabria). Incluso los fines de semana —los domingos solía acudir acompañado de sus cuatro hijos— allí debatían cuestiones generales sobre Cantabria, sobre Santander y, muy especialmente, sobre el Rácing. Recuerdo la asistencia frecuente de nombres como Paco Gayfor o Santiago Pérez Obregón.

Otra de las anécdotas que nunca olvidaremos fue el día que mi padre llegó a casa y nos informó de que le habían avisado de la argucia de un infame dirigente racinguista, cuyo nombre no mencionaré, para deshacerse de las críticas del locuaz Carreró. Unos matones habían sido contratados para darle una paliza. ¡Aquellos tiempos! Al final, no sé cómo, el asunto se detuvo, pero que mi padre anduvo pálido una temporada por criticar a quien se creía intocable es tan cierto como chocante.

El GD Teka: ciclismo y balonmano

Pero más allá de su extenso vínculo con el fútbol, también estuvo inmerso en los deleites deportivos que la marca Teka aportó tanto al ciclismo, primero, como al balonmano, después. Durante muchos años trabajó con ahínco en favor de la Vuelta Ciclista a Cantabria, de la mano de Santiago Revuelta. Cubría las etapas en la unidad móvil. Recuerdo, además, cómo en verano, mientras estábamos de cámping en Oriñón, escuchaba emisoras francesas por onda corta para saber cómo iba el Tour de Francia y, posteriormente, desde el teléfono de un bar enviaba la crónica con las últimas novedades sobre la ronda francesa. Todo ello ocurría en una época, claro está, en la que no se distinguía muy bien entre el tiempo de trabajo y las vacaciones.

Su relación con el balonmano se remonta al primer ascenso del GD Teka a división de honor y su siempre memorable época gloriosa, arrebatándole títulos al Barcelona, al Bidasoa, al Colpisa, al At. Madrid o, posteriormente, en Europa exhibiéndose ante equipos de relumbrón. Eran los inicios de aquella bulliciosa Cazuelita de La Albericia. Y allí nos íbamos. Recuerdo cómo se estudiaba las reglas del balonmano para poder ponerse al día, pues éramos todos una pandilla de futboleros y el acercamiento a cualquier otro deporte suponía una especie de migración cultural. «Mira, Javi», me decía, «el tanto no sube al marcador hasta que se reinicia el juego con el saque de centro». El pasivo nos resultaba más complicado de entender que el fuera de juego. Puso voz también, el directo, con retransmisiones íntegras, a los choques decisivos del GD Teka en balonmano.

Una vida profesional dedicada a la radio deportiva

Al final resulta que los miles de detalles que jalonaron su vida personal, los que me callo, pertenecen a ese capítulo íntimo de todas las familias. Lo que aquí he querido plasmar, salvando los inicios biográficos que sirven para entender el desarrollo posterior, es que mi padre tuvo una intensa vida profesional, dedicada a la radio, al entretenimiento y al deporte. Hizo mucho, especialmente por el Rácing y por el Teka, porque si así no fuera ni habría sufrido como sufrió por esos equipos ni nos habría inoculado el virus deportivo con el que transitamos quienes llevamos su carga genética.

En los estudios de Radio Cantabria.

En los estudios de Radio Cantabria.

Cuando mi padre falleció, tuve una conversación con Ángel González Ucelay, quien me manifestó un sincero dolor y me expresó la sensación que tenía de haber perdido a su segundo padre. A él, compañero de mi padre durante muchos años, quiero agradecerle el gesto de haberle dedicado unas palabras a su memoria profesional.

Y hasta aquí puedo leer.

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