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Sé que, a veces, me pongo excesivamente pesado cuando, explicando cuestiones relativas a la comunicación, propino loas excesivas al contexto como elemento determinante en el sentido de cualquier acto comunicativo. El otro día, por ejemplo, explicando estas cosas a los chavales, se me ocurrió decir en clase que «el contexto es la madre del cordero», intentado también sacarlos de esos letargos momentáneos en los que, en ocasiones, caen durante las explicaciones. El caso es que pareció funcionar como un resorte porque no solo despertaron, sino que, además, se pusieron a comentar el asunto. Pero, claro… mi gozo en un pozo cuando una de mis alumnas levanta la mano y me pregunta una duda que en ese momento corroe a varios: «Javier, estamos aquí discutiendo porque no nos ponemos de acuerdo sobre eso que has dicho: la madre del cordero, ¿es la cabra o la oveja?» Estuve a punto de responder que eso era coger el rábano por las hojas, pero desistí. Todo ello demuestra que, tal vez, el contexto no fuera el adecuado para que la expresión adquiriese el sentido que el emisor quería darle. Dicho de otro modo, el fracaso del propio ejemplo demuestra la importancia de lo que quiere ejemplarizar. Pero tampoco nos pongamos agoreros, a fin de cuentas, sí entendieron el fondo del mensaje. No perdamos la perspectiva, sé que, a veces, les gusta plantear cuestiones descontextualizadas para darle dinamismo al binomio enseñanza-aprendizaje. Es como los viajes largos… Sí queremos llegar al destino, pero tampoco está mal, ya que vamos, entretenernos con el paisaje.

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Volvamos a la comunicación. Si en una situación comunicativa se repiten todos los elementos, incluyendo los más delicados, como los interlocutores e incluso el mensaje, y solo cambia el contexto, el sentido del acto comunicativo puede modificarse por completo. Veamos un ejemplo tomado de la realidad. El otro día, tomando un café, un compañero me preguntó por mi fecha de nacimiento. Antes de responder, él me vio dudar. ¿Cómo puede alguien dudar sobre su fecha de nacimiento? La verdad es que me ocurre a menudo porque yo, como cualquier otro ser raro, tengo dos fechas de nacimiento: la real y la oficial. Me explico: nacer un 31 de diciembre —que es lo que me ocurrió a mí— y encontrarse con un funcionario antediluviano —que es lo que le ocurrió a mi padre cuando fue a sentarme al registró, un poquito tarde, eso sí, por la falta de costumbre— puede desembocar en un diálogo de un tenor parecido al siguiente:

—Pero, hombre, caballero, ¿cómo viene usted a sentar al chaval en junio?

—Pues… no sabía yo que… bueno se me pasó. Ya sabe usted.

—A ver, el tomo del año pasado está ya en los anaqueles del depósito, así que vamos a poner al chaval en enero, que es mucho mejor, así va a la mili un año más tarde, al cole más maduro… A ver, eneeero… Bueno, el día 1 lo tengo lleno, pero aquí, en el 2 de enero, tengo un hueco. Ya está, el chaval nació el 2 de enero. Mire usted, qué fecha más bonita. Además, sigue siendo Capricornio.

(Volvamos a la cafetería, en la que estoy con mi compañero tomando una café). Es el contexto, Alfonso, le digo. Nací el 31 de diciembre porque estamos aquí, en una charla informal, tomando un café. Si tú fueras tú, yo fuera yo, la pregunta la misma y estuviéramos en una ventanilla de Hacienda, tú dentro y yo, fuera, te respondería 2 de enero. Solo cambia el contexto, pero el contexto lo cambia todo: el día, el mes y el año.

Un buen ejemplo, en la actualidad, son los contextos de las redes sociales. En Facebook, por ejemplo, existe un contexto social de buenismo infinito. Si uno estornuda en Facebook, es posible que reciba decenas o centenas de megusta e incluso comentarios que halaguen esa preciosa forma de estornudar. En Twitter, sin embargo, el contexto social es más de preacritud puntiaguda. Si uno estornuda en Twitter, será increpado, desafiado y reconvenido por los que se consideran autores del Decálogo del buen estornudo en las redes sociales.

De ahí que, para estos pequeños desahogos descontextualizados, sea útil aquella peregrina y antiquísima idea de tener un blog y publicar un post. Desconozco muy bien los motivos. Creo que es porque mi hija me obligó ayer a ver Interestelar, lo cual me convierte en una persona lo suficientemente mayor como para darme cuenta de que tengo dos yoes, contextualizados cada uno en su tiempo y su espacio: el de diciembre y el de enero, el de Twitter y el de Facebook, el que escribe y el que lee… hasta el infinito y más allá.

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