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El pasado 23-F el dedo de Jordi Évole señaló la luna. Después de contemplar el producto audiovisual titulado Operación Palace, reflexioné. Y supongo que eso es lo que quería el follonero. Llegué a la conclusión de que, efectivamente, necesitábamos trasladar a la población la duda permanente, la reflexión profunda, la autocrítica, la desconfianza hacia las fuentes oficiales. Pero ¡qué decepción!, me asomé a Twitter (proyección de realidad virtual que refleja, en cierto modo, la realidad social) y vi que mucha gente conversaba sobre el dedo de Évole. Había quienes manifestaban que se notaba mucho la trola, lo cual nos lleva a una paradoja que nunca he entendido muy bien: habiendo tanto listo, es raro que seamos un país tan tonto. Otros, reos de la incontinencia verbal que Twitter abona, se habían apresurado a afirmar que eso ya lo sabían y que habían leído libros sobre el asunto (antes de que se desvelará el engaño, claro) y después, a toda prisa, a borrar tuits y a sacar patas. Pero el argumento más cachondo lo esgrimían, indignados (¡qué paradoja!), algunos medios de la derecha: tenían que haber avisado antes de que se trataba de una ficción… decían. Se comenta por sí solo y denota… En fin.

Yo, por lo que se ve, mucho menos inteligente que unos cuantos y de natural ingenuo, comencé creyéndome lo que allí se contaba. Tal vez por las ganas de ver, de una vez, algo diferente, pero, sobre todo, por el envoltorio de verosimilitud que abrigaba el montaje: políticos de la época ante la cámara y, más que nada, periodistas de reconocido prestigio como Gabilondo, Anson u Ónega. Hubo, sin embargo, dos cosillas que comenzaron a escamarme, casi al final. En primer lugar, no creo en la estanqueidad de la información. Y la duda se me suscitó cuando respondí a mi mujer que yo no lo sabía ni conocía a nadie que lo supiera, ante la natural pregunta de ¿tú sabías algo? En segundo lugar, no encajaba muy bien el hecho de que Tejero, Miláns y Armada hubieran sido condenados y enviados a prisión si realmente se trataba de un golpe falso, aunque poco después comenzó a sobrevolar en mi cabeza la noción del indulto como hipótesis presente en la trama.

A mí, lo que ha hecho Évole me parece excelente. Lo primero que hice después del visionado fue pensar en el maravilloso ejemplo que iba a aportarles a mis alumnos para entender el concepto del texto como unidad. Es decir, si elaboras una teoría sólida, la construyes, la elevas y la defiendes con vehemencia y, al final, dices que todo lo anterior es mentira… todo queda anulado. Nadie con un mínimo de coherencia y sin intención manipular o tergiversar será capaz de descontextualizar una declaración fragmentaria de cualquiera de los testigos y atribuirle, basándose en ella, la defensa de un golpe falso.

Pero volvamos al debate que se suscitó en algunas redes sociales: «eso no es periodismo», clamaban algunos. Tal vez no, yo lo interpreté como una película que parecía un documental, en la cual el protagonista eras tú, que, sin saberlo, creías estar viendo un documental. Pero era una película, una ficción, una recreación. Digamos que lo contrario de lo que hacía Michael Moore, documentales con forma de película. Évole ha hecho una película con forma de documental.

O sí. Por otro lado, sí. ¿Por qué no puede ser una de las misiones del periodismo actual y de los medios de comunicación en general despertar a la población del letargo intelectual? ¡Ojo! ¡Cuidado! Te digo desde un medio de comunicación que no creas todo lo que te digo, ni siquiera lo que te estoy diciendo en este momento. ¿Por qué no? Otro tipo de periodismo, tal vez, más del siglo XXI y compatible con el periodismo clásico. Yo vuelvo al aula y, cuando abordamos estos temas, les digo a mis alumnos: tenemos que saber quién dice qué y por qué lo dice. Detrás de todo acto de comunicación existe una intención comunicativa.

Évole nos ha señalado, claramente, la luna. Discutir sobre su dedo… tal vez estuviese también en el guion, pero a mí, francamente, no me sale.

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