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SaenzdeSantamaria_efe_foto610x342La vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, ha votado esta semana a favor de la reprobación del ministro de Educación, José Ignacio Wert. Como está claro que ha sido un error, lo normal es que no pase de ser una mera anécdota, como insiste en señalar la prensa progubernamental. Sin embargo, si a Sáenz de Santamaría le aplicásemos la Ley Wert, quedaría excluida de la carrera política ipso facto porque no sabe ni votar.

Analicemos, ¿por qué no?, la bagatela: 1) Soraya no estaba prestando atención, (¡ay Soraya, Sorayita!, hay que estar más atenta que, si no, no va a pasar usted la reválida); 2) Soraya no entendió bien el enunciado de la pregunta (con estos niveles de comprensión lectora no llegará usted lejos, lo mejor es que opte por algún módulo y desarrolle sus capacidades manuales); 3) Soraya se confundió de botón, quería decir no, pero dijo sí (Sorayita, debe usted recapacitar antes de responder, aunque la pregunta le parezca facilita; vea que si/no a favor/en contra son pares opuestos y si no se centra, además de no llegar lejos, no dirá usted lo que quiere, sino lo contrario).

Bajo la ley Wert, Sorayita, que estaba despistada en el instituto y no vio venir la quitanieves de José Ignacio, que, con su poderosa cuña, iba apartando a las cunetas a los alumnos no excelentes, descubrió que desde el margen de la carretera sus opciones de desarrollo personal y profesional se habían reducido drásticamente. Sin embargo, hoy en día es feliz: hizo un módulo de costura, se casó con un abogado que le pega solo lo justo y cuida, con amor y devoción, de los siete hijos que Dios le dio, aunque también encuentra tiempo para su afición favorita: la lectura (ahora está leyendo, con fruición, todo hay que decirlo, Cásate y sé sumisa).

La suerte que tiene Soraya es que la condición de ser del PP otorga a los que de ella disfrutan la capacidad de convertir en despistes comprensibles lo que para los demás son errores cruciales que demuestran su incapacidad para continuar formándose por el camino de la excelencia y la dignidad. Me viene a la cabeza uno de aquellos debates televisivos que dirigía Mercedes Milá en la transición. En una ocasión, hablando del aborto, a una portavoz del sector católico, que se manifestaba absolutamente en contra, le plantearon la hipótesis de qué ocurriría si su hija fuese violada por un delincuente de raza negra. Ella vino a responder que, en ese caso, Dios lo entendería.

Y ¿qué quieren que les diga? Después de todo, yo —de forma excepcional y sin que sirva de precedente— estoy de acuerdo con la prensa de la derecha: no fue más que una anécdota, un error sin importancia que le puede ocurrir a cualquiera. Y que viene a demostrar que las personas (y los adolescentes, quizá, con más motivos) deben disponer de oportunidades (segundas, terceras… las necesarias) para crecer y formarse, oportunidades que no pueden ser cercenadas por un mal día, una mala racha, un mal año. Paradójicamente, esto nos lleva a la que quizá sea la única reflexión seria de este artículo: La Ley Wert es una ley contra Sorayitas, una ley que segrega, orilla, discrimina y aparta para dejar expedito el camino a la anhelada plutocracia, a la que ellos quieren que sea, de aquí a unos años, la raza gobernante (políticos, jueces, abogados, economistas, periodistas, profesores…) de una España grande y obediente que haga las cosas como Dios manda, y sin rechistar.

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