Covid en las aulas cántabras

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Pues yo pensaba que no, pero debe de ser que sí. Si uno repite muchas veces que es alto y guapo, no solo llega a creérselo, sino que pasa a serlo. No sé… tal vez sea ese el motivo por el cual llevamos mucho tiempo diciéndonos en voz alta que las aulas son un lugar seguro, así como si soltásemos ahí a nuestros hijos al tiempo que cerramos los ojos queriendo creérnoslo. Hay quien pretende relacionar esa necesidad de seguridad en los centros educativos con el hecho de que la modalidad presencial sea la preferida por todos los docentes. Eso no está en discusión, pero una cosa es que queramos dar clase de forma presencial y otra muy diferente que lleguemos al autoconvencimiento de que las aulas son seguras, así porque sí, porque necesitamos decirlo para creérnoslo y poder apostar por la presencialidad sin dolor de conciencia.

El caso es que la pandemia va para dos años y acabamos de comenzar el 2022 con la misma monserga. Yo, realmente, no sé si las aulas son seguras. Tengo una intuición, pero no lo sé. Lo que sí sé es que hay virus como en cualquier otro lugar y, sin embargo, no dejo de hacerme algunas preguntas que quiero compartir aquí.

1.- ¿Se respetan en los centros educativos las normas básicas de mascarilla y distancia? Podríamos decir que la mascarilla sí, en un alto grado, pero la distancia claramente no. Y no es culpa de los chavales, simplemente, no se puede, es imposible. Así que cuando oigamos eso de las mesas separadas y la distancia mágica que impide que el virus salte de unos a otros… nanái. Mascarilla, sí, en casi todos los casos. Distancia, no. Ni alumnos ni profesores. Lo llaman así genéricamente medidas covid y, si te contagias, la culpa es tuya. Ah, haberlas cumplido. Ya, pero es imposible. Ah, se siente, la culpa es vuestra (ese es el nivel).

2.- ¿Suministra la Consejería de Educación de Cantabria mascarillas seguras, de alta eficacia (FFP2 y similares) a sus empleados en los centros educativos? No, rotundamente no. Nos ofrecen una telilla de dudosa eficacia como la que usaban los bandidos antiguos para taparse la cara cuando perpetraban algún atraco. Casi nadie las usa. Nuestra responsabilidad nos lleva a la mayoría a comprar FFP2 de nuestro bolsillo. Es decir, estamos considerando que la mascarilla de alta eficacia no es una herramienta de trabajo. Si lo fuera, tendrían que dárnosla gratis igual que nos proveen de tizas. Dejémoslo, pues, en complementos de moda, como quien compra un sombrero, un bolso o un paraguas porque le gusta y le hace juego con la indumentaria. Si usásemos todos la telilla del bandido, ya hablaríamos de si son seguras o no las aulas en nuestra región.

3.- ¿Hay en las aulas filtros hepa que ayuden a depurar el ambiente cargado? No, absolutamente no. Ventilación a troche y moche. Y para de contar. Total, ¿qué son 25 alumnos en 30 metros cuadrados? Por otro lado, los profesores nos pasamos el día abriendo ventanas y ventilando espacios, pero… ¡qué curioso! cuando nos vamos, se cierran solas. La ventilación, desde luego, es necesaria, pero no sabemos si es suficiente.

4.- ¿Tenemos medidores de CO2 en los centros educativos para saber cuándo la carga ambiental se vuelve peligrosa? Por supuesto que no. Si los centros son seguros, ¿para qué queremos esos aparatejos? Dan demasiada información y el exceso de información es un peligro. Es mejor ventilar a ciegas, cerrar los ojos y hacer como que ya sabemos nosotros exactamente cuándo es necesaria la ventilación. Dedos cruzados y p’alante.

5.- ¿Nos realizan test de antígenos, como prevención, antes de comenzar un trimestre o de vez de cuando para depurar contagios? Para nada, nunca. ¿Para qué? ¡Si estamos en un lugar seguro!

6.- ¿Cuándo se produce algún contagio en un aula, se realizan test y confinamientos preventivos de alumnos y docentes de ese grupo? No. Dice el argumentario que, puesto que estamos con mascarilla, nos somos contactos estrechos y, por lo tanto, ni pruebas ni confinamientos.

Después de todo lo dicho, parecería que en los centros educativos no ha habido casos de covid ni contagios. Y no es así. Los ha habido como en otros lugares. Lo que ocurre es que, como diría José Luis Cuerda, nosotros no somos contingentes, somos necesarios. Sin embargo, no nos tratan como si lo fuéramos. Me duele pensar que la necesidad de nuestra profesión no coincida con parámetros puramente educativos, sino con otros relacionados con la implantación de inmensas guarderías en las que dejar a los niños mientras los padres trabajan. Eso es un problema, sí, de acuerdo, pero no nos compete a nosotros solucionarlo.

El problema real es que responder de forma afirmativa a todas las preguntas cuesta dinero, si es que queremos tener unas guarderías dignas y mínimamente seguras, y digamos que los que tienen el poder lo llaman gasto porque son incapaces de ver que se trata de una inversión. Seguiremos cruzando los dedos. Eso sí, con mucha tensión.