El misterio de Flitcraft desde Hammett hasta nuestros días

Etiquetas

, , , ,

«Lo aleatorio nos acecha todos los días de nuestra vida; una vida de la que nos puede privar en cualquier momento, sin razón aparente». 

La noche del oráculo, Paul Auster. 


0. INTRODUCCIÓN

Como una especie de reencarnación consciente, Flitcraft nos presenta la ineficacia de un cambio radical en su vida para, al final, descubrir que todo continúa igual. Eso sí, con concesiones secundarias: otra mujer, otra ciudad, otro hijo, otro empleo, otros amigos, otro entorno, otro…todo, pero todo igual. Es decir… ¿cambio radical de vida (antigua) o una (reluciente) vida nueva? ¿Podemos (casi) morir y decidir nacer en otro lugar con plena consciencia de nuestro cambio y nuestra decisión para vivir no una, sino dos vidas similares? ¿Es el azar caprichoso el que gobierna nuestro destino?

La aparición de la parábola de Flitcraft en El halcón maltés, publicado por Dashiell Hammett en 1930, nos invita a realizar una interpretación sobre las intenciones del autor al intercalar este pequeño detalle dentro de una novela detectivesca en cuyo contexto no parece encontrar un acomodo natural. Desde entonces hasta nuestros días la parábola de Flitcraft se ha convertido en una referencia urbana, un mito del hastío, del hartazgo de unos seres desposeídos de sus rasgos más humanos por el brutal desarrollo de las grandes urbes, que favorecen el anonimato de sus habitantes. 

La viga es la chispa, la luz brillante, el mecanismo que nos hace comprender lo esencial de nuestra existencia, la gota que colma el vaso, el segundo inmediatamente anterior a nuestro día de furia, a nuestra nueva vida. Y hasta nuestros días pervive, cual Quijote del siglo XXI, la figura de Flitcraft como sombra azarosa que ofrece su tentadora seducción: «Déjalo todo, cambia de vida». 

La actualidad informativa en los últimos años del siglo XX y los primeros del XXI está repleta de casos de personas que desaparecen, no siempre involuntariamente. Pero tan pronto como se pierde la estela, se apaga la noticia y el tiempo ejerce de enterrador de identidades que fueron portadas por quienes decidieron que su vida debía continuar de otra manera. Solo sabemos que salió a comprar tabaco… 

Muchos lectores nos hemos preguntado sobre la prescindibilidad de la parábola de Flitcraft en El halcón maltés. John Huston, en la tercera versión filmada sobre la novela de Hammett, apostó en 1941 por la supresión de la escena en la que Sam Spade (detective protagonista de El halcón maltés) narra la historia de Flitcraft. ¿Es importante para el desarrollo de la trama principal? ¿Y para su comprensión? A juzgar por las posteriores síntesis cinematográficas, El halcón maltés parece sobrevivir sin Flitcraft. Sin embargo, si esto fuera un axioma, cabría dar un paso más y preguntarse por qué el impulso repentino de un hombre feliz ha pervivido y calado en nuestra sociedad hasta ser resucitado recientemente por un autor como Paul Auster, quien edifica una novela (La noche del oráculo2004) en torno a cuatro páginas de una historia detectivesca, cuatro páginas que nada tienen que ver con la investigación que mantiene el hilo narrativo de la obra de Hammett. Sinergia literaria de más de 70 años.

1. LA PARÁBOLA DE FLITCRAFT

Antes de continuar, es de justicia que reproduzcamos la parábola de Flitcraft en su integridad y literalidad tal y como la expone Hammett en El halcón maltés:

Un hombre llamado Flitcraft salió un día de su oficina de corredor de fincas para ir a comer. Salió y jamás volvió. No acudió a una cita que tenía a las cuatro de la tarde para jugar al golf, a pesar de que fue idea suya concertarla y de que lo hizo solamente media hora antes de salir para comer. Su mujer y sus hijos nunca más le volvieron a ver. El matrimonio parecía feliz. Tenía dos hijos, dos niños varones, uno de cinco años y otro de tres. Flitcraft era dueño de su casa en un buen barrio de las afueras de Tacoma, de un «Packard» nuevo y de los demás lujos que denotan el éxito feliz de una vida en Estados Unidos.

Flitcraft había heredado 70.000 dólares de su padre, y el ejercicio de su profesión de corredor de fincas aumentó aún más su peculio, que ascendía a unos 200.000 dólares en el momento de su desaparición. Sus asuntos estaban en buen orden, aunque existían entre ellos algunos aún pendientes; el hecho de que no hubiera tratado de concluirlos era una clara prueba de que no había preparado su desaparición. Por ejemplo, un negocio que le hubiera supuesto un bonito beneficio iba a concluirse al día siguiente al de su desaparición. Nada indicaba que llevara encima más de cincuenta o sesenta dólares en el momento de esfumarse. Sus costumbres, durante los últimos meses, eran lo suficientemente conocidas como para descartar cualquier sospecha de vicios ocultos o de la existencia de otra mujer en su vida, aunque tanto lo uno como lo otro cabía dentro de lo posible.

—Desapareció —dijo Spade— como desaparece un puño cuando se abre la mano.

(…) Bueno, eso ocurrió en 1922. En 1927 yo estaba trabajando en una de las grandes agencias de detectives de Seattle. Un día se nos presentó mistress Flitcraft y nos dijo que alguien había visto en Spokane a un hombre que se parecía prodigiosamente a su marido. Fui allí. Y, efectivamente, era Flitcraft. Llevaba viviendo en Spokane un par de años bajo el nombre de Charles, nombre de pila, Pierce. Era propietario de un negocio de automóviles y tenía unos ingresos de veinte o veinticinco mil dólares al año, una esposa, un hijo de menos de un año y una buena casa en un buen barrio de las afueras de Spokane. Solía jugar al golf a las cuatro de la tarde durante la temporada. Spade no había recibido instrucciones acerca de la que debía hacer si encontraba a Flitcraft. Estuvo charlando con él en la habitación del hotel Davenporth. Flitcraft no sentía remordimientos de ninguna clase. Había dejado a su familia en posición desahogada, y su conducta le parecía completamente razonable. Lo único que parecía preocuparle era hacerle comprender a Spade que, efectivamente, se había conducido razonablemente. Nunca había contado a nadie todo aquello, y, por tanto, hasta ahora no había necesitado explicar a ningún interlocutor que su conducta había sido sensata. Y en ese momento estaba procurando hacerlo.

—Bueno, yo le comprendí —dijo Spade a Brigid—, pero su mujer no. Todo aquello le pareció estúpido. Puede que lo fuera. En cualquier caso, la cosa acabó bien. La mujer no quería escándalos; y después de la faena que él le había hecho -faena según ella-, no quería saber nada de Flitcraft. Así que se divorciaron discretamente y todo el mundo tan contento. Lo que le ocurrió a Flitcraft fue lo siguiente. Cuando salió a comer pasó por una casa aún en obras. Todavía estaban poniendo los andamios. Uno de los andamios cayó a la calle desde una altura de ocho o diez pisos y se estrelló en la acera. Le cayó bastante cerca; no llegó a tocarle, pero sí arrancó de la acera un pedazo de cemento que fue a darle en la mejilla. Aunque sólo le produjo una raspadura, todavía se le notaba la cicatriz cuando le vi. Al hablarme de ella se la acarició, se la acarició con cariño. Naturalmente, el susto que se llevó fue grande, me dijo; pero la verdad es que sintió más sorpresa que miedo. Me contó que fue como si alguien hubiera levantado la tapa de la vida para mostrarle su mecanismo.

»Flitcraft había sido un buen ciudadano, un buen marido y un buen padre, no porque estuviera animado por un concepto del deber, sino sencillamente porque era un hombre que se desenvolvía más a gusto estando de acuerdo con el ambiente. Le habían educado así. La vida que conocía era algo limpio, bien ordenado, sensato y de responsabilidad. Y ahora, una viga al caer le había demostrado que la vida no es nada de eso. Él, el buen ciudadano, esposo y padre, podía ser quitado de en medio entre su oficina y el restaurante por una viga caída de lo alto. Comprendió que los hombres mueren así, por azar, y que viven sólo mientras el ciego azar los respeta.

»Lo que le conturbó no fue, primordialmente, la injusticia del hecho, pues lo aceptó una vez que se repuso del susto. Lo que le conturbó fue descubrir que al ordenar sensatamente su existencia se había apartado de la vida en lugar de ajustarse a ella. Me dijo que, tras caminar apenas veinte pasos desde el lugar en donde había caído la viga, comprendió que no disfrutaría nunca más de paz hasta que no se hubiese acostumbrado y ajustado a esa nueva visión de la vida. Para cuando acabó de comer ya había dado con el procedimiento de ajuste. Si una viga al caer accidentalmente podía acabar con su vida, entonces él cambiaría su vida, entregándola al azar, por el sencillo procedimiento de irse a otro lado. Me dijo que quería a su familia como los demás hombres quieren corrientemente a las suyas; pero le constaba que la dejaba en buena posición, y el amor que tenía por los suyos no era de la índole que hace dolorosa la ausencia.

—Se fue a Seattle —continuó Spade— aquella misma tarde, y desde allí a San Francisco. Anduvo vagando por aquella región durante un par de años, hasta que un día regresó al Noroeste, se estableció y se casó en Spokane. Su segunda mujer no se parecía a la primera físicamente, pero las diferencias entre ellas eran menores que sus semejanzas. Ya sabe usted, mujeres las dos, de esas que juegan decentemente al bridge y al golf y que son aficionadas a las nuevas recetas para preparar ensaladas. No lamentaba lo que había hecho. Le parecía razonable. No creo que nunca llegara a darse cuenta de que llevaba la misma clase de vida rutinaria de la que había huido al escapar de Tacoma. Y sin embargo, eso es lo que me gustó de la historia. Se acostumbró primero a la caída de vigas desde lo alto; y no cayeron más vigas; y entonces se acostumbró, se ajustó, a que no cayeran.

2. INTERPRETACIONES DE LA PARÁBOLA EN LA NOVELA DE HAMMETT

¿Por qué Sam Spade le cuenta esta historia a Brigid O’ Shaughnessy? ¿Es importante que ella conozca lo que le ocurrió a Flitcraft? ¿Está el íntegro detective planteándose la posibilidad hacer pedazos su honestidad, enamorarse, huir, venderse…? Flitcraft es, dentro de El halcón maltés, una nimiedad que hay que analizar con lupa. Pero veamos antes otros dos detalles que hemos dejado deliberadamente fuera de la literalidad expuesta en el punto anterior porque no pertenecen exactamente a la historia de Flitcraft, pero, a pesar de ello, abren el capítulo 7, preceden al relato que nos ocupa y lo condicionan. 

El narrador nos dice que Sam «se sentó en el sillón que había junto a la mesa, y sin exordio de ninguna clase, sin frase alguna para comenzar, empezó a relatarle a la muchacha una cosa que le había ocurrido unos años antes en el Noroeste». Es decir, el narrador hace hincapié en la extemporaneidad del relato que el detective inicia. No sabemos por qué aparece ahí, no disponemos de antecedentes que lo justifiquen y somos (los lectores) avisados de que no los hay. Sin embargo, se detecta un especial interés por la meticulosidad de la narración, para que quede contada exactamente como fue. Veamos el siguiente fragmento: «Hablaba en un tono corriente, sin énfasis y sin pausas, aunque de vez en cuando repetía una frase modificándola ligeramente, como si tuviera gran importancia que cada detalle quedara relatado exactamente tal y como ocurrió».

Y, ante esta actitud sorpresiva ¿cuál es la reacción de su interlocutora? ¿Qué pensaríamos nosotros si, de repente, alguien se pusiera a contarnos, sin preámbulo de ninguna clase, una historia que no viene a cuento? Hammett también pone el foco sobre ella: «Al principio, Brigid estuvo escuchándole sin especial atención, evidentemente más sorprendida de que Spade le estuviera contando aquello que interesada en lo que narraba, y sintiendo más curiosidad por los motivos que tuviera Spade en contar el relato que por la propia historia (…)». Primera reacción: ¿Esto a qué viene ahora? ¿Por qué me estará contado esta historia? ¿Seré capaz de encontrar una relación importante con lo que nos ocupa ahora mismo? Hammett nos dibuja la primera reacción psicológica de Brigid y, posteriormente, nos hace ver su interés por la historia en sí: «(…); pero luego, según fue desarrollándose el cuento, pareció sentir mayor interés y permaneció inmóvil y escuchando con atención». Aquí es donde Hammett inicia —por boca de Sam Spade— el relato de la parábola de Flitcraft tal y como lo hemos detallado en el apartado anterior.

Hace cuatro siglos, ya Cervantes acostumbró a sus seguidores a la lectura de pequeños relatos intercalados en el seno de algunas de sus obras, especialmente en la primera parte de El Quijote (1605). Estas historias cervantinas tenían independencia, sobrevivían fuera del contexto novelesco en el que eran insertadas y, probablemente, no aportaban mucho al discurrir del relato principal como se vio en la segunda parte de El Quijote (1615), en la que decidió suprimirlas. En El halcón maltés nos encontramos con que, de repente, Sam Spade nos coloca la parábola de Flitcraft. Estamos sumergidos en narrativa negra. Lo propio, pues, es quedarnos con el detalle porque más adelante —al menos, eso creemos— veremos nuestra curiosidad satisfecha. Sin embargo, el relato principal sigue su curso y no volvemos a tener rastro de Flitcraft en El halcón maltés

Hay algunos pasajes que pueden despertar cierto interés si intentamos relacionarlos con la mencionada historia. Cuando, en el capítulo 15, Sam Spade es interrogado por el fiscal sobre unos asesinatos, el detective protagonista se niega a decir nada al respecto. Acto seguido, el fiscal le pregunta por qué no responde, si es que realmente no tiene nada que ocultar y Spade afirma: «Todos tenemos algo que ocultar». El fiscal insiste: «¿Y usted tiene algo que callar? ¿No?» El detective responde: «Para empezar, mis suposiciones». Es decir, esta especie de sé algo y no voy a decirlo podría constituirse en una referencia oculta de la manera en la que finalmente Spade desenmaraña la trama de asesinatos. Algunas actitudes del detective pueden llevarnos a sospechar que él ya sabía, desde el principio, que Brigid había asesinado a Miles Archer —compañero detective de Spade—. Esta muerte ocurre por azar —es decir, podría haberle sucedido a Spade—, ya que la única condición que puso Brigid al contratar los servicios de la agencia es que el seguimiento fuera realizado en persona por alguno de los presentes en aquel momento (Sam Spade o Miles Archer). El que hizo el servicio murió asesinado por ella. La forma en la que Spade resuelve el caso al final parece tener que ver con el hecho de que él enconmendase la tarea a Archer porque ya conocía la parábola de Flitcraft. Dicho de otra manera, estamos tranquilamente llevando una vida normal y feliz cuando, de repente, una viga —el azar— se cruza en nuestro camino y nuestra existencia se desvanece cuando menos lo esperamos. Es posible que el aprendizaje de lo ocurrido unos años antes a Flitcraft hubiera llevado a Spade a desarrollar una sensibilidad especial para reconocer con antelación la caída de vigas en su camino. Y, siguiendo esta línea, no es menos posible que Spade, en el momento del relato, estuviera llamando viga a Brigid.

En esa tesitura, Spade reflexiona sobre las consecuencias de realizar cambios bruscos en la vida. Al fin y al cabo, Flitcraft lo cambió todo para que todo permaneciera igual. Así que Spade decide evitar las vigas y continuar su camino, aunque esa decisión no impida que las vigas caigan. Y caen. Brigid cae sobre Archer y lo elimina. Resuelto el caso, Spade vuelve a su vida normal, pero algo ha cambiado: su relación secreta con Iva —la mujer de Archer— lo había convertido en sospechoso y viene ahora a confirmar la macabra alianza establecida entre Sam y el azar. La última escena de la novela es significativa: Iva llega al despacho de Sam y es anunciada por Effie, su secretaria, a lo que Sam responde con un «sí, hazla pasar». Aquí comienza la nueva vida de Sam Spade: otra mujer, que es la misma, otros casos por resolver, otro socio quizás… Él no lo sabe, pero la caída de una viga (Brigid sobre su compañero Archer) ha cambiado el rumbo de su existencia.

3. DETALLE PERCIBIDO: EFECTO LUPA PARA INTERPRETAR LA PARÁBOLA

Para tratarse de un detalle mínimo en el conjunto de la novela, no podemos decir que haya pasado desapercibido a los ojos de lectores y críticos. La parábola de Flitcraft es una historia en sí misma y se desarrolla con una estructura coherente que le da independencia del contexto en el que está insertada. 

El primer párrafo de la historia de Flitcraft está destinado a comunicarnos que el personaje era, sin ningún género de dudas, feliz. No solo era feliz sino que, además, a juzgar por los últimos hechos que se conocen previos a su desaparición, no tenía la más mínima intención de dejar de serlo. Esta sensación se ve reforzada en el segundo párrafo, en el que nos queda claro que Flitcraft estaba a punto de conseguir nuevos éxitos en su vida laboral, que repercutirían en su ámbito social y familiar. En este contexto de felicidad absoluta, un buen día Flitcraft desaparece sin que nadie sepa por qué. Cuando Sam Spade es contratado por la esposa de Flitcraft porque creen haberlo visto en otra ciudad, el detective logra dar con él y hablar directamente con el personaje. Este punto de vista es importante porque lo que Spade le cuenta a Brigid no es una historia lejana sino una vivencia personal. En ese momento, Spade se da cuenta de que la nueva vida de Flitcraft era parecida a la que había abandonado. Antes de entrar en la explicación, el narrador nos avisa de lo absolutamente normal y razonable que ese comportamiento era para el protagonista. Cuando Flitcraft le cuenta su aventura a Spade llega un momento en el que dice que fue como si alguien hubiera levantado la tapa de la vida para mostrarle su mecanismo. Entramos en la fase de reflexión de Flitcraft y llegamos a una decisión tremendamente razonable aunque nada fácil de asumir y menos de practicar: «Si una viga al caer accidentalmente podía acabar con su vida, entonces él cambiaría su vida, entregándola al azar, por el sencillo procedimiento de irse a otro lado».

A partir de ese momento, Flitcraft pasa a considerarse un hombre muerto, sin entierro. Muerto y afortunado porque puede iniciar una nueva vida en otro lugar y con la conciencia tranquila de haber dejado a su anterior familia en una situación desahogada. No sabemos si Flitcraft habría tomado la misma decisión si su situación económica hubiera sido menos boyante o si tuviera una doble vida (una amante, por ejemplo). El caso es que, en la decisión de Flitcraft, es importante el hecho de que fuera un hombre absolutamente feliz y de que su decisión no tuviera ningún componente de premeditación. Empujado por el azar, Flitcraft decide dejarlo todo atrás sin el menor remordimiento, pero también es verdad que sin la más mínima ambición por introducir un cambio sustancial en su vida. Es como si el ciclo de la vida y la muerte fuera una simple repetición de estímulos vitales que deambulan por el mundo como series de individuos —valga el oxímoron— o, dicho de otra manera, como si no existieran los individuos sino series de características que se repiten en las personas. Así por ejemplo, Flitcraft pasa a ser Charles Pierce en vida, pero podría perfectamente haber ocurrido la muerte de Flitcraft y el nacimiento de Charles Pierce y ambos se comportarían de la misma manera. (Fijémonos en este nombre, casi idéntico al de Charles S. Peirce, considerado padre de la semiótica, quien nos aportó una nueva visión del signo. ¿Casualidad? Permitámonos pensar que no).

Es posible que la narración de Hammett aporte un cierto contenido existencial. Es un detalle percibido. ¿Funcionaría la historia de El halcón maltés sin la presencia de Flitcraft? Es muy probable que la respuesta sea sí, pero en ese caso, aun asumiendo que podríamos hablar de otras cosas, no estaríamos abordando el misterio de esta parábola en una obra narrativa de género negro.

4. FLITCRAFT: UN MITO EN LA SOCIEDAD ACTUAL

El hecho de que la historia en cuestión aglutine dosis de misterio, valor, decisión, intriga y sorpresa en torno a una vida anodina contribuye a que este detalle percibido en la obra de Hammett genere una especie de mito en la sociedad actual. Las desapariciones conocidas a través de los medios de comunicación son muchas; las resueltas, pocas. De entre las que siguen siendo un misterio, son bastantes las que parecen carecer de violencia o cualquier otro condicionante que someta la voluntad del desaparecido. Hablamos de desapariciones voluntarias, muchas veces huyendo de situaciones nada flitcraftianas, sino más bien todo lo contrario. 

El hecho de que alguien huya de la desgracia no solo es mucho más comprensible sino que, además, puede ser analizado como una actitud plausible en algunos casos, a pesar de la carga de cobardía que suele llevar adosada. Ahora bien: ¿huir de la felicidad? Podríamos decir que Flitcraft más que de la felicidad huye de la vulnerabilidad pero ¿cómo protegerse de algo —la caída de vigas— que puede ocurrir allá donde vaya? El punto de existencialismo que comentábamos antes parece retomarlo Paul Auster en su novela La noche del oráculo. Según el autor neoyorkino, Flitcraft «debe destruir su vida mediante algún gesto sin sentido, totalmente arbitrario, de negación de sí mismo». 

La proliferación de desapariciones de personas llevó a algunos países occidentales, durante las últimas décadas del siglo XX, a fabricar programas televisivos destinados a encontrar desaparecidos. La sorpresa fue creciendo cuando, en no pocas ocasiones, la persona desaparecida, tras ser localizada después de ímprobos esfuerzos mediáticos, se despachaba con un es que yo no quiero que me encuentren. Se trataba de un grito sordo de una minoría incomprendida que venía a decir: Es mi vida, hago con ella lo que quiero y si decido abandonarlo todo es un problema mío. En algunos casos más extremos, llegamos a encontrarnos con auténticos Charles Pierce, es decir, personas que se negaban a sí mismas —mejor dicho, negaban su anterior existencia— y se mostraban absolutamente convencidas de ser otros. Y la única manera de ser otro es negarse a sí mismo, de la misma manera que la única forma de ser uno mismo es negar que se es otro. Es el espejo. Deformante, grande, laberíntico, engañoso. La realidad y la ficción se mezclan, se superponen. Dejamos de ser lo que éramos para ser lo que somos. Terreno literario ideal para desarrollar una novela de universo austeriano.

5. VALORES DE FLITCRAFT EN LA NUEVA LITERATURA DEL SIGLO XXI: LA NOCHE DEL ORÁCULO, DE PAUL AUSTER

En La noche del oráculo, Paul Auster (P1)[1] escribe una novela en la que Sidney Orr (P2) escribe una novela en la que Nick Bowen (P3) lee una novela mientras su vida transita hacia el laberinto Flitcraft al tiempo que es novelada por Sidney (P2) bajo las órdenes de Paul (P1). Y como Auster decide que la parábola de Flitcraft tiene enjundia como para escribir una novela, crea un personaje novelista (P2) a quien un amigo suyo —también escritor— (P2) le comenta la historia de Flitcraft y le sugiere que la desarrolle. Orr (P2), para introducirse en el laberinto flitcraftiano, crea la figura de un editor literario (P3) que es quien lee La noche del oráculo (P4) y se convierte en nuestro Flitcraft. El engaño de este efecto de espejismos se inicia en el propio título. Paul Auster (P1) nos hace creer que estamos leyendo La noche del oráculo (así titula su obra), pero, en realidad, el único que lee ese libro es Nick Bowen (P3), es decir, el Flitcraft creado por Sidney Orr (P2), luego… ¿qué es lo que estamos leyendo nosotros?

Quien incita a Sidney Orr (P2) a recrear el mito de Flitcraft es John Trause (P2), ex combatiente de la Segunda Guerra mundial convertido en escritor reconocido, veterano y enfermo —además de deliberado anagrama de Auster—. El personaje de Sid (P2), Nick Bowen (P3) —su Flitcraft—, en su peripecia conoce a un tal Ed Victory (P3) que conoció a Trause (P3 y P2) en la guerra y que le cuenta a Bowen (P3) que ahora se ha convertido en un escritor de reconocido prestigio. En ese momento a Nick (P3) se le escapa un «lo conozco» (¿P2?) y, un segundo después, arrepentido, intenta cambiar de tema y dice que solo conoce sus libros. Y es que son varios los detalles que nos conducen a pensar que el auténtico Flitcraft de Auster (P1) es Sidney Orr (P2) y no Nick Bowen (P3). Este último nace de la imaginación de Sid (P2) y, para construirlo como alter ego, como otro, lo creó totalmente diferente a sí mismo. Sin embargo, reconoce que a la protagonista de su relato —Rosa (P3)— le dio el cuerpo de su mujer —Grace (P2)— y que el apartamento de Nick (P3) y su esposa lo recreó basándose exhaustivamente en el habitado por John Trause (P2).

Las referencias a la parábola de Flitcraft, El halcón maltés y Dashiell Hammett son en todo momento explícitas. Desde el principio, Sidney Orr es consciente —y así lo expresa— de que se dispone a crear su Flitcraft particular. La viga de Hammett se vuelve gárgola para Orr y el resto de la historia arranca con un espectacular paralelismo a la parábola conocida. Sin embargo, la versión de Orr (la de Auster) es más verosímil en nuestros días en su primera mitad e increíblemente sorprendente en la segunda. Nick no huye de la felicidad —como Flitcraft—, sino de la monotonía, del aburrimiento, del hartazgo. Sale a echar el correo por la noche y casi muere aplastado por una gárgola que se desprende. En ese punto, Auster nos hace comprender que Bowen asume su propia muerte, que sólo se ha librado por suerte, que  «su existencia anterior ha terminado, que hasta el más nimio momento de su pasado es ya de otra persona».

La primera parte funciona mejor porque su esposa (Eva) sospecha que se ha fugado con Rosa, anula sus tarjetas de crédito, comprueba sus gastos, le sigue la pista, viaja hasta Kansas City para encontrarlo… es decir todo lo que haría una esposa normal cuyo marido desapareciera de la noche a la mañana. 

La transición de Nick Bowen (P3) hacia su otro yo es, por otro lado, rocambolesca. Cuando llega a Kansas City conoce a un taxista que dice llamarse Ed. Victory (P3), que le dará trabajo cuando Nick (P3) vea que se ha quedado sin tarjetas de crédito, que tiene un número de teléfono descendente casi hasta la desaparición (816 765 4321), que combatió con el amigo (P2) del creador (P2) de Bowen y que colecciona guías de teléfonos en un refugio antiatómico. Ahí acaba la historia de este nuevo Flitcraft: Nick (P3) se queda encerrado por azar en el refugio subterráneo y, mientras lee La noche del oráculo, espera la llegada de la única persona que sabe que está allí (Ed. Victory) sin imaginar que esta acaba de fallecer de un ataque al corazón.

El azar, es decir, la viga, la gárgola, el encuentro con Ed. Victory, es también el que hace que la puerta del refugio se cierre cuando Nick se había dejado la llave fuera. Nick, inquieto por cambiar de nombre en un proceso de transición que no sabía adónde lo llevaría, solía llamarse a sí mismo El hombre fulminado. Orr sabe que su historia se aparta de la línea marcada por Hammett, ve que no puede continuar, pero tampoco puede retroceder.

Cuando Nick Bowen (P3) se queda encerrado en un callejón sin salida a la espera de una muerte segura, Sidney Orr (P2) recupera su vida y su vida se convierte en un infierno. Las desgracias se suceden. La historia de Nick Bowen, que había sido escrita a mano en un cuaderno azul portugués, también se desvanece físicamente en un deseo de Sid por acabar con la maldición del azar.

6. CONCLUSIONES

Es posible que no tuviéramos una percepción real de la trascendencia de la parábola de Flitcraft hasta que Paul Auster la hizo visible en una novela de actualidad, adaptada al siglo XXI. Esa historia, quizá sin que fuéramos conscientes de ello, siempre ha formado parte de nuestras vidas como una especie de mito, una tentación, un hecho increíble y que, sin embargo, se conformaba como una opción válida para algunas personas. ¿Qué ocurría? ¿Enloquecían de repente? Vemos que los comportamientos de ambos protagonistas (Flitcraft y Bowen) son explicados desde la razón de un proceso de inteligencia, de comprensión absoluta del mecanismo de la vida, de la sustancia del azar. No es la locura la que lleva al cambio de vida, sino una especie de iluminación: ¡Ah! resulta que esto funciona así. No están en condiciones intelectualmente inferiores al resto de los humanos, sino potencialmente superiores por adquirir en unos segundos la capacidad de comprender la esencia de la vida.

En cualquier caso, Flitcraft rehace su vida y la construye exactamente igual que la anterior, mientras que Bowen no puede concluir el proceso y se queda encerrado en un refugio antiatómico —¡qué irónico! él está solo en el único lugar que no puede ser destruido, a salvo de vigas y gárgolas—. 

Esto nos mueve a formular las pregunta clave. ¿Cuál era el destino de Flitcraft? ¿Morir aplastado por el andamio? ¿Librarse de la muerte por poco y volver a casa e intentar ser feliz? ¿Desaparecer y comenzar una nueva vida? Y el de Bowen ¿Cuál era el destino de Bowen? ¿Fallecer aplastado por la gárgola, volver a casa, o morir en un refugio antiatómico?

Debemos darnos cuenta de que Flitcraft huye del destino hacia una vida nueva y feliz, mientras que Bowen no consigue escapar de la muerte si es que este era realmente su destino. Esto conduce al ya conocido debate filosófico sobre si todas nuestras decisiones están marcadas por el destino —incluso aquellas que creemos que nos alejan de él— o si por el contrario es nuestro destino el que vamos logrando con nuestras decisiones —aun cuando pensamos que algunas son inevitables—.

Lo que, de momento, parece indiscutible es que la base de la parábola sí que es común: el hombre fulminado que recibe un toque de atención de la naturaleza y de una forma brusca decide (asume) que acaba de (de alguna forma) morir y que lo que viva desde ese momento en adelante será una vida nueva. No es menos cierto que la clarividencia de la situación no aporta el valor necesario para tomar una decisión de ese calibre, tan próxima a una especie de muerte voluntaria.


[1] Con las distintas P expresamos los diferentes planos que autores y personajes ocupan en la estructura vertical de la narrativa de Auster. En P1 habita Paul Auster, en P2, Sidney Orr y en P3, Nick Bowen.